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Historias de aquel bar

14 enero, 2014
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Hace unos días, se publicó en marca.com el siguiente artículo. Creyendo que será de interés para todos los que hemos vivido y disfrutamos del rugby, os lo anexo para vuestro disfrute:

Recuerdo aquel bar que se convirtió en nuestra segunda casa. La historia de aquel sábado, no importa de qué mes, ni de qué año. Las puertas se abren y unos cuantos jugadores, aficionados, bolsas de deportes, golpes e historias por contar entran sin vacilar. Lo recuerdo tan bien porque yo también estaba allí, todas y cada una de las veces.

Aquella anarquía calculada, todos toman asiento, no lejos de donde lo hicieron la última vez. Y los dueños de aquel bar, matrimonio ya mayor, nunca tuvieron hijos, atrapados en la espiral de ese negocio que asfixia pero no ahoga, encerrados en la rutina del café y el pincho de media mañana, y la copa del empresario de la noche. Y ella sonríe cuando entran los muchachos del rugby y corre a la cocina, y para él es como las reuniones de navidad que nunca ha tenido, cada semana, y alinea las jarras de cervezas mientras pregunta cómo ha quedado el partido.

El capitán reparte las cervezas, y se ocupa de que el otro equipo no se sienta desplazado. No es el más veterano del equipo, pero puede que sí el más maduro. Aunque pasen las horas, corra la cerveza y se eleven las voces; aunque el partido haya terminado y ya se hable de otra cosa, sigue recorriendo cada rincón del bar con su mirada, buscando aquel que está un poco aislado, al lesionado, al que ha tenido un mal partido, el que no parece disfrutar. Abraza el privilegio de su brazalete imaginario, pero en la derrota le aprieta el brazo y se siente responsable. Jodidas derrotas, ¿aprenderá algún día a que no le duelan? No, cree que no. Y apura otro trago de cerveza, mientras habla con el capitán del otro equipo y le consuela: “La semana que viene seguro que os sale bien, ha sido mala suerte”.

En un taburete, cerca pero lejos del núcleo de ese tercer tiempo, mira con una sonrisa el aficionado número uno. Él nunca jugó al rugby, quizás ahora se arrepiente. Siempre se convenció a sí mismo que era demasiado débil, que su cuerpo no lo soportaría, que no sabía las reglas. Que el deporte no es lo suyo, y nunca daría el nivel. Pero con el tiempo vio gente como él entrar poco a poco, y ahora se pregunta si no sería un error. Y mientras bebe de ese “¿y si…?” que ya nunca será, bromea con éste y aquel. Ese partido y ese bar es la alegría de su semana, jamás se lo perdería, y aparece en la grada vacía bajo un paraguas que apenas le protege, o en esa mañana de domingo congelada, o pone su coche en los viajes, sin pedir nunca jamás un centavo. Y es tan imprescindible para el equipo como el mejor de los jugadores, aunque quizás ellos aún no lo saben.

A su lado, dos veteranos, en sus cincuenta, miran a los más jóvenes con cariño. Atrapados en ese bar de Nunca Jamás, rejuvenecen treinta años cada sábado. Y recorren nada más entrar la pared de los recuerdos, fotos en blanco y negro de aquellos jóvenes con bigote que bailaban en el barro. Y les hace ilusión cuando alguno de los nuevos les pregunta, y le hacen el tour por el bulevar de los recuerdos del club, y les animan y les dicen que algún día su foto también estará ahí colgada. Y así, con un simple gesto, en sus rostros se pinta la misma sonrisa de Peter Pan que la de aquellas fotos de los años 70. Y siempre se dirigen al dueño con la misma frase, sin fallo: “Manolo, estos chicos son la hostia”. El lunes, sin saber por qué, volverán a ser treinta años más viejos.

Dos centros llenos de golpes y brechas conversan en una esquina. Llevan 80 minutos lanzándose el uno contra el otro. 80 minutos mirándose a los ojos, prometiéndose que el otro no pasaría. Ahora, mientras apuran la segunda y se afanan con la tortilla, desgranan sus secretos. Y se disculpan el uno al otro de ese placaje, o de ese golpe. Y convertidos en aliados ahora, repasan a los centros de cada equipo: “Este corre mucho, pero no va bien con las manos. Aquel rehúye del contacto”. Y aunque no se conocen de nada, la discusión nunca tiene un punto y aparte, y el único silencio es el de la pausa para escuchar el chiste del general. La tarde avanza por el cauce de lo improvisado.

De vuelta al centro del grupo más animado, bromea y se parte de risa el dueño del 11. Lleva en el club más años de los que quiere recordar, y el tiempo le ha casado con el rugby en un matrimonio feliz. Nunca fue el mejor, ni el más rápido, ni el más fuerte, pero el club necesita tanto su entrega, que su ausencia deja un agujero difícil de igualar. Y no hay nada, absolutamente nada que le haga perder esa eterna sonrisa, y juega cada partido como la primera noche de un enamorado, y muchos se preguntan cómo lo hace. Y él sonríe y se dice para sus adentros: “Si tienes que preguntar, es que jamás lo entenderás”. Y hasta la estrella del equipo desearía ser tan querido por la afición, y se pregunta qué es lo que hace mal.

Y es que justo a su lado, con la mano en su hombro, la estrella ríe y apura otra cerveza para celebrar su ‘hat trick’. Sus ensayos mantienen vivo al equipo, y sin él se pierden partidos que se tenían que ganar, y no se ganan nunca aquellos destinados a perderse. Sin embargo a veces su gesto se tuerce, y nadie adivina que por dentro no es tan feliz como quisiera. El rugby le parece un enigma, y no entiende por qué ser el mejor del equipo no le llena tanto como a otros ser uno más. Se pelea consigo mismo por tener esos pensamientos e intenta disfrutar. Y cada final de temporada se promete que intentará dar el salto, y todos le animan y le dicen: “Tú podrías llegar más arriba”, pero cada septiembre vuelve en la pretemporada. El miedo a fracasar se apodera de él, miedo a perderlos a todos, y se siente tan culpable como el resto del club de agarrarle ahí, donde sus límites no han ido aún a buscarle.

Enfrente, con la pierna levantada en una silla, se sienta él, fuera de los campos para el resto de la temporada. Con cada “¡Qué mala suerte, tío!” del resto de compañeros se hunde más y más en esa silla, incapaz de engancharse al tren de un tercer tiempo del que no se siente parte. De pie con sus muletas en las gradas de cemento, sufre en una herida que nada tiene que ver con la de su pierna, con un dolor que no tiene cura, el de no poder hacer nada. Y grita, frunce el ceño y salta con cada ensayo, y cada fallo lo siente suyo y cada acierto lo atribuye al que entró en su lugar. Tacha cada día del calendario y no puede esperar a volver a beber la cerveza que tiene en su mano con el rostro lleno de heridas y golpes. Porque ahora entiende que la cerveza, sin haber jugado, no sabe igual. Y todo el que le mira no puede entender su pequeño tormento, porque desde que entró en el mar se puso una careta, y de su boca no paran de salir los chistes de siempre.

Cae la noche y se abre la puerta del bar. Gritos de júbilo y las bromas de siempre mientras entra por la puerta, con el chándal de la selección. Es el único que lo ha conseguido, llegar a lo más alto, y si bien es el orgullo del club, no van a dejar que se le suba a la cabeza. Sigue siendo uno de ellos. Él encaja los golpes y se ríe, feliz de quitarse el abrigo de la presión y el rugby de matemáticas para disfrutar de los de siempre. Y ellos no paran de preguntarle por la concentración o el partido, temerosos de que crea que no les importan sus éxitos, y él intenta esquivar las preguntas, temeroso de caer egoísta y pesado porque lo ha conseguido. Pero lo cierto es que está ahí por mérito propio, y todos saltan y botan cuando lo ven jugar en el extranjero, por algún enlace en inglés, y escuchan su nombre mal pronunciado y le dicen al de al lado: “Siempre supe que lo conseguiría”. Y para él una noche de tercer tiempo le llena de energía para mil viajes, y los palos que le caen en ese bar le sirven para construir su nido de la humildad.

Los más jóvenes están siempre en el centro de la acción. Acompañan cada grito y cada broma pero nunca lo inician, y siempre escuchan cuando hablan los veteranos. Recién mordieron la manzana del rugby, y ante ellos se extiende un mar que están ansiosos por navegar. Y se quedarán hasta el cierre cueste lo que cueste, y el lunes pasearan con una sonrisa su ojo morado por la Universidad o el Instituto. Y tienen que lidiar aún toda la semana con la sobreprotección de una madre que no está acostumbrada, pero que pronto será una forofa más. No hay remedio. Tampoco hay por qué buscarlo.

Es tarde ya y yo sigo en la mesa de la esquina, llena de papeles y escribiendo sin parar. Abrazado a mi vodka con hielo e intentando dibujar aquella escena, con la urgencia del pintor que pinta un atardecer, y la pausa del que disfruta de un buen habano. Distingo las sonrisas, las risas, los ojos que brillan de alegría y aquellos apagados. Busco grupos, desgrano bromas y me rio con todos. Y los trazos de frustraciones y derrota se mezclan con los del dulce sabor de una victoria trabajada, y el resultado siempre tiene el mismo olor: Huele a rugby, huele a felicidad, huele a tarde eterna. Y mientras comienzan las canciones, se elevan las jarras y todos se hacen uno, llega mi taxi al aeropuerto y recorro el camino hasta la puerta. Y me cruzo contigo. Como cada sábado.

Cuando salgo la noche ha envuelto a todo menos al interior de aquel bar. El taxi me aleja del ruido de aquel tercer tiempo, de aquel bar al que no volveré en algún tiempo. Y mientras pongo el punto y final a esta escena, mientras arrugo los papeles y los guardo en el bolsillo, pienso que da igual cuanto tiempo estaré fuera, que el rugby y aquel bar siempre estarán cuando vuelva.

Si alguien lo quiere ver en la propia página de marca, pinchad aquí.

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